vivir despiertos

2/7/14 por Hermana Dang Nghiem

Lecciones para sanar ante una pérdida

La hermana Dang Hghiem, MD, monja budista Zen y discípula del maestro Thich Nhat Hanh, ha aprendido el verdadero significado de sanar tras haber abandonado la profesión de doctora.

Con los pies cruzados, sentada en el piso del Monasterio Blue Cliff (en el estado de Nueva York), la hermana Dang Nghiem, de 45 años, deslumbra con el aura de una persona que puede (y sí que lo hace) meditar por horas sin siquiera inmutarse. Ello no es porque vista con el evidente atuendo de la vida monástica: una túnica marrón y la cabeza afeitada. En realidad es porque la hermana D transmite una paz interior tan radiante que uno juraría que siempre la ha tenido. Pero eso no siempre fue así.

Catorce años atrás la hermana D apenas si meditaba. En esa época respondía por el nombre de Huynh Thi Ngoc Huong, trabajaba como doctora y vivía con su pareja, John, en la ciudad de San Francisco. Desde muy pequeña ya tenía claro que se dedicaría a ayudar a los demás. A los dieciséis años salió de Vietnam con rumbo a los Estados Unidos, y posteriormente se recibió como doctora por la Universidad de California en San Francisco. Lo tenía todo: el amor de su vida, el trabajo de sus sueños. Había pasado mucho tiempo desde el día de su nacimiento.

En 1968, y durante la época más álgida de la guerra de Vietnam, nació la hermana D en el área de Vietnam central. La imagen materna no fue frecuente en su vida y de su padre sólo sabía que fue un soldado estadounidense. Durante gran parte de su infancia tuvo que arreglárselas para sobrevivir. Esto implicó enfrentarse al abuso verbal, físico y sexual de sus parientes, aunque también encontró el consuelo y el apoyo de su abuela, a la que tanto amó.

Es en 1985 cuando se volvió más tangible el deseo de la abuela de que la hermana D y su hermano menor fueran los primeros en la familia en asistir a la universidad. Gracias al Acta de Inmigración Norteamericana-Asiática, en la que se estipulaba que los hijos de ciudadanos estadounidenses y vietnamitas podían obtener la ciudadanía norteamericana, permitió que su abuela los enviara en adopción a los Estados Unidos. Así, cuando entró a la Escuela de Medicina, la hermana D y su hermano menor ya habían pasado por cinco diferentes casa hogares.

En septiembre de 1999, la hermana D se recibió como doctora en medicina. Aunque las circunstancias en ese momento no tenían comparación alguna con lo que padeció en la niñez, aun así la depresión con la que vivió en su infancia la acechaba todavía. Con frecuencia la tristeza embargaba su alma, lo que la llevaba a alejarse de John. Por eso y justo antes de su cumpleaños número 31, él le sugirió hacer un viaje de celebración a la costa. Ante la negativa de la hermana D, quien deseaba estar sola, John decidió hacer el viaje solo. Unos días después, en la mañana de su cumpleaños, la hermana D recibió una llamada del hospital diciéndole que su esposo había muerto ahogado. Ése fue su último día como doctora.

El dolor por la muerte repentina de John fue insoportable, forzándola a adentrarse en lo más profundo de su ser. “Cuando la sanadora no ha sanado,” comenta ahora la hermana D. “Cuando uno se inflige la herida, no es posible ayudar a los demás”.

Pensó entonces que si en verdad deseaba ayudar a otras personas, primero tenía que enfrentar su pasado tortuoso: “Toda mi vida había creído que, logrando el éxito profesional y encontrando una pareja, bastaría para remendar todas las carencias que tuve en mi infancia. Pero no era feliz porque no sabía cómo lidiar con el pasado.”

Justo cinco semanas antes de la muerte de John, la hermana D asistió a un retiro de cinco días sobre plena conciencia e impartido por Thich Nhat Hanh, un conocido y admirado maestro Zen. En sus memorias relata que fue el mismo John quien la introdujo al concepto de la plena conciencia, en el acto de vivir conscientemente a través de la meditación y la atención a la respiración. Fue un primer acercamiento lo que tuvo por medio de John, pero algo había cambiando profundamente en ella tras haber asistido al retiro con Thich Nhat Hanh.

“Me enseñó que existen prácticas reales,” comenta. “Existe un camino, una forma de vida que puedo practicar para sanarme.” Es así que, dejando de lado su profesión de doctora, se enfocó por un tiempo en sanarse a sí misma y a los demás por medio de la enseñanza y el aprendizaje de la plena conciencia. Con la vida empacada en una maleta, la hermana D terminó por mudarse al monasterio Plum Village de Thich Nhat Hanh en el sur de Francia.

Esto sucedió hace catorce años. Ahora reside en Blue Cliff, otro de los centros del maestro Zen. “Dejé de ser doctora pero sigo tratando a la gente, sólo que ya no receto fármacos.” platica. “Y a toda persona que se acerca a mí le transmito toda mi energía de plena conciencia. Ahora el sanador, la persona a sanar y el proceso de sanación no son entidades independientes."

Esto es lo que ahora comprende.

Respirar sana, el tiempo no. Es un mito que el tiempo sane. El tiempo no sana. La respiración y la plena conciencia sí. [Incluso habiendo pasado mucho tiempo del evento traumático] un sonido, un olor, un sabor o una sensación táctil pueden desencadenar un estado de estrés total como si el evento traumático estuviera pasando de nuevo. Lo que me salvó fue la plena conciencia en mi respiración. A veces me recostaba y respiraba, colocando las manos en mi vientre para alentar los movimientos de mi cuerpo. A través de la respiración uno aprende a reducir el estrés, la respuesta de acción, huida o parálisis. Si logras hacerlo durante una experiencia muy intensa, la próxima vez que recuerdes el evento traumático lo observarás con más calma, claridad y plena conciencia.

Puedes cultivar alegría incluso en pleno sufrimiento. Han pasado catorce años desde que John nos dejó, y lo sigo extrañando todos los días. Pero he aprendido a cultivar alegría y paz en cada respirar, aunque sienta el dolor en mi corazón. Tienes que hacer las dos cosas al mismo tiempo. Es como cuando cuidas un jardín: tienes que encargarte de la mala hierba y a la vez plantar flores. Si sólo deshierbas, quedarás exhausto y perderás toda esperanza. Si sólo plantas flores, llegará el momento en el que no tengas más espacio por toda la mala hierba que permanece en el jardín.

El “budismo aplicado” significa estar todo el tiempo en plena conciencia. Esto no quiere decir que estarás una hora al día sentado sobre un cojín, ni que tengas que dejar tu trabajo e irte a vivir a las montañas. Lo que en verdad quiere decir es que, si vas a comer, no comas tu trabajo, ni tampoco tu tristeza. No comas la discusión que tuviste. Simplemente come. Si caminas, sólo camina. Si manejas, sólo maneja. Cada momento tenemos que elegir estar en el momento presente. En el instante en el que te das cuenta de que no estás plenamente consciente, es en ese momento cuando logras estarlo. Y volvemos a la plena conciencia otra vez. Es un ejercicio mental.

Puedes mantener vivos a los muertos. Cuando un ser querido muere y pierdes toda alegría, es como si te aseguraras de su deceso con cada lágrima que brota de tu rostro. En lugar de verlo muerto puedes llamar a esa persona en busca de ayuda, y poco a poco aprenderás a verlo junto a ti. Siempre que veo una flor morada recuerdo que a John le gustaban, y sonrío. Esa flor, en ese instante, se convierte en él.

La plena conciencia es una medicina poderosa. La plena conciencia es la medicina preventiva más poderosa que existe, porque te enseña a cuidarte y a cuidar a los demás, evitando realizar un daño físico y mental. En la medicina aprendes que muchas de las enfermedades son causadas por nuestro estilo de vida y su mayor contribuyente, el estrés. Éste trae consigo cualquier tipo de enfermedad. La diabetes ronda en mi familia: mi madre y mi tío la tenían. Incluso mi hermano, menor por cuatro años, la desarrolló durante los treinta. Actualmente estoy en los cuarenta y no la padezco. Podemos estar predispuestos genéticamente a ciertas enfermedades, pero es nuestro estilo de vida el que determina cuándo se van a manifestar, si es que llegan a manifestarse.

Los actos bondadosos cuentan. En la tradición budista se habla del karma. El karma constituye cualquier acto, pensamiento o palabra. Esto quiere decir que todo lo que hacemos en la vida genera un impacto. Puedes pensar: “No es significativo agacharse para tomar una moneda y dársela al que se le cayó” O igual decir: “No va cambiar nada si le abro o no la puerta a alguien”. ¿Pero sabes qué? Todo lo que haces trae consigo consecuencias. Cada palabra que pronuncias se va acumulando. En este sentido, la plena conciencia nos permite tomar [decisiones en todo momento y de forma razonada], y de esta manera producir semillas positivas que nos ayuden ante los pesares del día a día.

La verdadera medicina es estar presente. Si un doctor practica la plena conciencia, si realiza una meditación andando—sintiéndose a sí mismo en el momento presente—mientras se dirige a la habitación de su paciente, y si camina en paz y tranquilidad, eso ya es medicina. El doctor está en paz, sin salir de su propio ser. El paciente percibe su atención, su afecto, su cuidado, su verdadera presencia. El paciente encuentra alivio.

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